Un pingüino por tus ojos se metió.
Construyó su casa en tu cabeza,
y trepado en tu saliva
a tu panza llegó.
Ahí se emborrachó
cuando por tu ombligo se asomó.
De regreso a casa,
por tus costillas escaló.
Cuando a tu garganta llegó,
una bandera en las anginas incrustó.
Pero estaba tan mareado
que la bandera vomitó.
El pingüino se derretía,
pues de hielo era
y tú por dentro eras un sol.
Sólo dos gotas era
cuando a su casa llegó.
Apenas sentiste su ausencia,
y lo que quedaba del pingüino
por tus ojos salió.
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1 comentario:
Es tan lindo lo que escibis como vos. Realmente lo que escribis me llega al corazón, me encanta este poema. te quiero tu amiga la tatonga
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